sábado, 16 de julio de 2016

TRABAJADORES Y ARTÍFICES EN MENDAVIA - SIGLO XVIII

El salario de los artífices

Los llamados artífices (médico, boticario, maestros, cirujano, albéitar, etc.) cobraban un salario especial en trigo. Para efectuar los cobros, le entregaban un “rolde” o lista. En el apartado de Audiencias, veremos los conflictos que tenían, en ocasiones, para cobrar.
En 1755 el boticario conducido por la villa era Juan Bautista de Urra; en las condiciones para los dos años en los que fue contratado, se especifica que los vecinos deberán pagarle 450 robos de trigo por año. Entre los vecinos se incluyen criados, criadas y pastores. Cobrará para Nuestra Señora de agosto.
En 1756 la conducción del médico don Joseph de Chalecu vence, y deciden prorrogarle por tres años más. Le corresponden 500 robos de trigo, que cobrará de los vecinos.
El cirujano Bernardo la Fuente tenía fijado en su conducción a robo y medio de trigo por vecino y a los que “afaitare” en sus casa, dos robos y medio. Las viudas le pagaban tres cuartales de trigo.
En 1757 el herrero conducido Pedro Asa tenía como salario dos robos de trigo por yugada.
Los vecinos también pagaban en trigo además de otros servicios en dinero; por ejemplo, el herrero conducido de la villa, en su salario de cada un año, que comenzaba por san Miguel, cobraba dos robos de trigo por “iugada” con la obligación de componer sus “harramentas”, por lo cual no podrá cobrar más de medio robo de trigo (1757).
En el concejo celebrado el 12 de octubre de 1788 para conducir como carretero a Jacinto Rada, se acuerda que los vecinos le paguen 100 robos de trigo, repartidos entre las yuntas.
Al albéitar Ignacio Ocáriz le pagan 7 cuartales de trigo “auna” parte y dos reales, 6 maravedíes a otra, por el salario de 4 caballerías (1734).
El relojero que cuidaba el reloj de la villa, cobraba en trigo su conducción, parte pagaba el Ayuntamiento y parte la Parroquia.

Albañadores, linoseros o guervilladores

Cuando el trigo y la cebada presentaban gran cantidad de semillas o estaban sucios y húmedos, las cuadrillas de linoseros los limpiaban con cribas y trigueros (en algunas audiencias decían que lo “lavaban”) para que estuvieran con suficiente calidad para su venta o para ir al molino. “Albañar” es palabra que ya no se utiliza, significa limpiar con criba el cereal y otras semillas como el lino, de donde vendría linoseros; “guervilladores” tendría el mismo sentido, por llamar guervilla a la criba.
En el año 1703, entre numerosas denuncias hechas a vecinos por coger leña, anotan una multa a un criado de doña María Arando, llamado el Linosero, por haberlo prendado con una carga de fresno.
Algunos años la villa debe pagar el trabajo de guervilladores para limpiar el cereal  antes de entregar los robos de pecha en Lerín (1730, 1732, 1733, 1740, 1752, 1755, 1758, 1759, 1760, 1763, 1765, 1773, 1806, 1818). El año 1755 se anota que ese año era muy necesario pues el trigo “se recogió con algunas semillas”. Por resolución de 1745 se sabe que los “casquijos” sobrantes del cereal se venden a los mercaderes de la zona.

Segadores estajeros

En la época de la siega aparecen segadores a destajo procedentes de Briñas, Haro, Fuenmayor, etc… Las audiencias municipales se hacen eco de varios de sus reclamos por jornales que le deben. Esas informaciones permiten conocer algunos de sus sueldos y parte de los trabajos realizados. La mayor parte de los pagos se hacían en reales de vellón. En el acuerdo sobre la superficie segada se realiza la medida en fanegas, al modo castellano, pues la mayor parte de los estajeros provienen de la rioja castellana.
También se introducen las monedas de peso y peseta con estas equivalencias:

·         Real de plata (fuerte) = 2 reales de vellón, a partir de 1775
·         Peseta de plata = 2 reales de plata = 4 reales de vellón
·         Peso duro de plata = 20 reales de vellón = 10 reales de plata

Pagos a algunos estajeros en Mendavia




Reales por robada (fuertes) - de vellón
Relación de reales
Fuerte/de vellón
1742
8 7/8 reales de vellón
1 fanega
(1,8) - 4,4

2,5
Hasta 1775
1750
6 reales (fuerte)
6 robadas
(1) -  2,5
1776
20 reales (fuertes)
9 reales (vellón)
9 robadas 1 fanega
(2,22)
 4,5
2
Desde 1775 en adelante
1783
10 reales fuertes
1 fanega
(5) -10
1783
16 robos de trigo
4 robadas
(5) -10
(a 2,5 reales de vellón el robo de trigo)
1788
116 reales fuertes
10 reales ¼ vellón
22 fanegas
1 fanega
(2,63)
5,12
2
1792
14 ½ pesos
1 peseta la olla
294 reales de vellón


Espigadoras

Una vez recogidos o levantados los haces de mies de las piezas, las espigadoras entraban antes que los rebaños a recoger las espigas que se habían caído o quedado sin segar entre los “lintes” de las heredades. Las ordenanzas eran bastante rígidas con ellas.
En 1783 Teresa Merino y tres mujeres más son denunciadas por espigar entre haces en El Arenal, contraviniendo el bando que lo prohibía. Les imponen 2 reales de multa.

Pastores

Entre los pastores había diferentes categorías. Los mayorales, llamados también pastores mayores, eran hombres responsables que tenían a su cargo todos los demás pastores y zagales que hubiera en la casa del mestero. Profundos conocedores de las concordias, pasadas, mojones, términos y costumbres, eran consultados por los señores del regimiento y licenciados para resolver dudas que se planteaban ante algunas denuncias, acompañaban a las visitas anuales a revisar mugas, mojones y pasadas, además de ser conocedores de reses y calidad de carnes. Aleccionaban a los que estaban a su cargo para evitar carneramientos, multas y menoscabos en los ganados que llevaban "bajo su palo". 
Son mesteros: Gonzalo de Liñán (1692), Lucas Bazán (1704), Francisco Palacios (1742), Balentín Ordonez (1758), Angel Ximenez…
Son mayorales Domingo Vidagain (1692), Ramón de Monjelos y Pedro Antonio Armendáriz (1774), Pedro Suberviola y Tomás Miquelay (1794), Jacinto Aramendía, Ambrosio Suberviola, Manuel Lizanzu, Miguel Baquedano, Antonio Suberviola y José Xil (1783), entre otros.
Los pastores tenían diversas procedencias: del propio pueblo, de Castilla y de las provincias de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya... y de la Baxa Navarra. Solían ir por parejas, a veces con rebaños de distinto amo. Generalmente habían sido antes zagales y eran contratados por un año que vencía por San Gregorio (9 de mayo). Lucas Garamendia (1758), Domingo Vidaurre, de Baxa Navarra (1765), Mangorrada… son pastores. Ignacio Ansuarena es pastor de la Granja de Imas (1788). Los pastores, con cierta frecuencia son citados a acudir a audiencias por entrar sus rebaños en hierbas vedadas.
Los zagales eran niños, aprendices de pastores, de hasta 9 años. A veces son acusados por alguna imprudencia y les hacen pagar sus descuidos. El pago es muy inferiior al de los pastores. Jacinto Suberviola y José García son zagales. Algunos son hijos de los pastores, como parece ser Jacinto. El pastoreo se convierte en un ofico de familia. Motil es zagal de Francisco Palacios y el Sardesco lo es de Lucas Bazán (1704).

Condiciones del contrato de los pastores

El día de San Gregorio comenzaban a servir los pastores, generalmente por un año; dependiendo de su categoría les daban sueldo y a veces unos robos de trigo, se les proporcionaba pan y companaje (alimentos para hacer la comida).
Un dato preciso de su contrato se tiene de 1795:
697 reales de plata fuertes pagados a Beremundo García, Mayoral de la Edesa por su salario en el año, y dos meses, habiendo ganado 25 ducados en dinero al año y de companaje a dos reales y medio fuertes por mes y dos robos de trigo mensuales, cuyo precio es de 12 reales fuertes robo.
Pasado todo a reales serían 25x11 (efectivo al año)+ 25x11/6 (adicional por dos meses) + 2,5x14 (companaje mensual) + 2x12x14 (trigo mensual) = 275 + 45 5/6 + 35 + 336 = 691,83
Sucede que en los cálculos que se hacen suele quedar una pequeña diferencia, esta vez de 5, 16 reales, que se supone iban a las arcas de Tesorero o Escribano, sin contar lo exagerado del estimado del precio del trigo y el companaje. Las “pequeñas” corrupciones son cosa antigua.
A los zagales Benito García, Beremundo Suberviola, Josef Igal, Manuel de Zúñiga, Sebastián de Sádaba, etc., se les pagó a 572 reales de plata fuertes, por la soldada que ganaron en el mismo tiempo, a razón de 15 ducados al año. De pan y companaje, lo mismo que al mayoral.
Pasado todo a reales serían 15x11 (efectivo al año)+ 15x11/6 (adicional por dos meses) + 2,5x14 (companaje mensual) + 2x12x14 (trigo mensual) = 165 + 27,5 + 35 + 336 = 572,5
Corresponde a 0,75 y 0,45 reales diarios de efectivo, respectivamente, que recibían al retirarse del trabajo mayorales y zagales. Para el ayuntamiento suponía 1,64 y 1,34 reales diarios, pero en esa diferencia de 0,89 reales más se beneficiaban los administradores que los pastores, pues ¡podían comprar trigo a menor precio y quedarse con la diferencia, pues lo que asentaban era el gasto en reales!
Puede apreciarse lo que suponía de trabajo esclavo, considerando además las multas que debían pagar los pastores, en el caso de que sus animales fueran sorprendidos pastando fuera de sus terrenos. En 1792 se muestra esta situación de semi-esclavitud de los pastores. El pago sólo se lo hacían los mesteros al final del contrato. Si el pastor, en este caso Joaquín García, se retiraba antes de cumplirse el tiempo podía ser obligado a pagar los alimentos recibidos o ser forzado a regresar.

La Dula

Las cabras las recogía el cabrero concejil. Sus dueños las llevaban temprano a un punto fijo; una vez recogidas, marchaban al campo donde pastaban bajo la custodia del cabrero, que al atardecer las traía al pueblo. El servicio era únicamente para los vecinos. Entre las cabras, algunas eran propiedad del concejo.
Si las cabras salían de la Dehesa (hacia el Urzagal, o en el Soto arriba, por ejemplo) eran multadas. Podían pastar en el Puente Grande. La multa la pagaban los mayorales (5 reales en 1705). Al pastor Domingo González querían cobrar 44 reales (fue absuelto por tener autorización, 1787). Si introducían cabras de los residentes, pero sin categoría de vecinos, también se multaba al pastor (20 reales por 5 cabras, en 1763). Cuando el pastor no tenía cómo pagar le quitaban algún bien personal y se vendía en subasta pública. Bernardo Ocáriz (albéizar), Francisco Quintana (carretero) y Domingo Arce son residentes y no tienen derecho a echar las cabras en la dula. Cuando los maestros de algún oficio llegaban al pueblo a trabajar se consideraban residentes hasta que se establecían y arraigaban con sus familias. Debe trascurrir un buen tiempo para ser considerados vecinos, pues el primer Ocáriz ya estaba en 1734 en Mendavia y Francisco estaba antes de 1753, para las obras del Río Nuevo, y en 1763 aún no era vecino.
Si las cabritas de la Dula se vendían para carne el comprador perdía el derecho de enviarlas, pues la cabrita madre se quedaría sin leche (un reclamo tal se lee en 1750).
El cabreo concejil ordeñaba y vendía la leche de las cabras concejiles. Algunos vecinos se quejaban si descubrían que había ordeñado sus cabras. Por supesto, acostumbraban ordeñarlas al amanecer, antes de enviarlas a la Dula. El precio de la leche de cabra en 1794 era a 10 mvs la pinta. Multan al cabrero Beremundo García por venderla a sobreprecio (a 12 mvs).
Los dueños de las cabras sólo pagaban al cabrero por su cuidado sin aportar cantidad alguna al ayuntamiento. Los regidores hicieron diligencias en 1795 con el Licenciado D. Juan Fernández, Abogado de los Tribunales Reales, para intentar cobrar por el goce delas hierbas comunales. El abogado les dio autorización para cobrar, pero los vecinos se negaban a pagar y retiraron sus cabras de la Dula. El médico aconsejó al concejo comprar al menos 14 cabras para administrar su leche a los enfermos (1805).
Además de los terrenos reservados para las cabras de la Dula, otros terrenos de la Dehesa se reservaban para las ganaderías concejiles  y caballerías de los vecinos. Los derechos sobre las hierbas también estaban regulados. En 1789, multan en 88 reales al P. Fray Luis Giraldo, Prior de Imas, por haber introducido algunas de sus vacas en la Dehesa, sin tener tal derecho.

Albéitares

El albéitar era un maestro en el arte de curar animales. En las condiciones de la conducción, la villa le daba un «rolde» para que cobrara en trigo según la categoría de los ganados y se obligaba también a ponerles herraduras a los que lo necesitasen.
En 1697 llaman al albéitar de la villa de Lodosa Gaudioso Benito, para que trate a la ganadería concejil que padecía una epidemia de bazo. Pero durante el siglo XVIII los albéitar residirán en Mendavia. La familia Ocáriz son los más destacados de entre ellos. Los Ocariz llegan a Mendavia desde Ocáriz, en los tiempos de las obras del Río nuevo. Son familia de albéitares, curan animales y ponen herraduras.
Ignacio Ocáriz es albéitar entre 1726 y 1742. Curó diversos animales heridos: una mula herida de buey, un rocín herido a mano airada… Un vecino fue obligado a pagar 16 reales por la curación de su animal. Juan Francsico Lacalle fue otro albéitar contemporáneo de Ignacio. Francisco Ocáriz fue albéitar entre 1756 y 1780. Fue contratado por el ayuntamiento. Recibía de cada vecino un aporte en trigo a cambio de la obligación de atender sus animales enfermos o heridos. Reclama a un vecino que posee una pollina 14 almudes de trigo. Clemente Ocáriz  es albéitar y herrador entre 1778 y 1813. Además de poner herraduras a las caballerías del pueblo, pone herraduras a los caballos de las tropas francesas. El regimiento le pagó 71 reales, 6 mrs.
En 1781 también es nombrado como albéitar Gabriel Mazquiarán.

Esquiladores

Los esquiladores de ovejas venían contratados de fuera, y la lana se vendía. Para el esquilado de las caballerías hubo un momento en el que el ayuntamiento contrató esquiladores. En 1786, a propuesta del Alcalde son contratados como esquiladores Manuel Colás, Antonio Joseph Colás y Joseph Sainz, vecinos de Lodosa.
Se acuerda conducirles por  tres temporadas al año, durante tres años: del 9 de marzo a fin de mes; del 9 de septiembre a fin de mes; del 2 al 22 de noviembre. Se les pagará cada esquilo a real fuerte las caballerías mayores y a sueldo fuerte las menores (la mitad). Se establecen algunas otras condiciones particulares.

Herreros y cerrajeros

Los herreros del siglo XVIII cobraban su conducción en trigo. El ayuntamiento les proporcionaba una piedra de amolar para que los vecinos afilasen sus azadas, cuchillos y otras herramientas. Se disponía en la villa de una casa de herrería.
Pedro Assa es herrero conducido por la villa. Ejerce desde 1712 a 1723. Además de hacer rejas y herramientas para los agricultores, hace grillos para la cárcel, una cerradura para la nevera, argollas para la puerta de la plaza, entre otros. Con él se establece la conducción que sirve de modelo para otros: “Su salario será de dos robos de trigo por yugada, a excepción de que por las rejas castellanas, para calzarlas, solo ha de llevar cuatro reales, y para quitar dudas a los habitantes que no tienen yunta ni media yunta, les ha de asistir a la composición de sus herramientos arreglados a dicho arancel y no les pueda llevar más de medio robo de trigo”.
Alejandro Arrieta (1733-1736) compone el candado del cepo, hace clavos para las barreras de la plaza, y para una ventana de la cárcel, componer el fuelle de la herrería, la cerraja del granero de la villa, la puerta de la herrería, además de los trabajos comunes realizados a los vecinos.
Fermín Latasa es herrero desde 1740 a 1751. Hace un molde para fabricar tejas, clavos para el canal del molino, pesas para la nieve, clavos para barras de un puente, clavos para ruedas, un punto para la puerta del toril…
Francisco Greño (1729), Juan Joseph Lazcorreta (1739) y Pedro Larqui (1753) son también mencionados como herrreros.
Joseph Pérez es herrero entre 1754 y 1760. En 1757 consta su elección como herrero de la villa por los vecinos y el regimiento. El contrato se renueva por San Miguel. Hace cerrojos y anillos o argollas para puertas de corrales, una abrazadera para la cárcel, picas para el molino, hace clavos, arregla la fragua de la misma herrería, fabrica hoces para segar… En 1782 hay otro herrero de la familia, Santos Pérez, que compone el peso y la cerraja de la carnicería, y más tarde, para la guerra de 1795, fabrica 22 lanzas para los vecinos (44 pesetas = 93,18 reales; 1 pta=2 1/9 real)
La casa de herrería, existente desde siglos anteriores, sufrió diversos arreglos. Un fuelle nuevo se le había puesto en 1711.  Y en 1734 se había hecho un pilar y la pared que divide el fogal del fuelle y la chimenea.  En 1750 el albañil Antonio García, de Lodosa, reconoce la casa de la herrería, propia de la villa: la tapia que la separa del corral de Andrés García está gastada, el fogal y la chimenea se han deplomado, la parte del fuelle amezanza ruina. Para reconstruirla se necesitan 1.800 ladrillos, 144 robos de yeso, 300 adobes, entre otros. En 1757 le ponen en el tejado madera de álamo.
Algunos trabajos especializados de cerrajería, en particular para las prisiones, se encargan a Juan de Irigoien (Los Arcos, 1718), Juan Crespo (1725) y Francisco Ilarduia (1749).
Otro trabajo especial es el de enyugado y ajuste de las campanas. Los herreros Alejandro de Arrieta (1736) y Manuel Arbea (1750) lo realizan.

Carreteros

El oficio de carretero era primordial por ser los carros el único medio de transporte rodado que había. El maestro carretero era conducido por el ayuntamiento. Su oficio durante el siglo XVIII incluía las tareas de los carpinteros. En 1699 un carretero de Mendavia era Martín Pérez; arregla el molino y el pozo de la nevera (1706). Ignacio Politi es carretero en 1732; arregla la puerta del corral del concejo, arma la muela de la herrería y hace 7 cruces para el Calvario. Javier Preciado (1759-1774) hizo 4 cruces de madera más (1759), camas de carro, bolanderas chiquitas y grandes, arpillas, yugos herrados con abrazaderas… En una ocasión lo denuncian por no cumplir a tiempo (1768). Para el ayuntamiento hace un marco para la puerta de la nevera (1770) y un marco para hacer adobes (1774), entre otras. Francisco Quintana hizo 4 pisones para pisar la nieve en la nevera (1746), y compuso la puerta del Ayuntamiento (1768). Tiene que acudir a diversas audiencias (hasta 1778) por trabajos mal hechos o por no pagar algunos materiales que compró.
Jacinto Rada, de Sesma (1788) dura como carretero apenas unos meses. En su conducción estaba las siguientes condiciones:
1.- Cobro de conducción: 100 robos de trigo.
2.- Que se repartan los 100 robos de trigo entre las yuntas, entendiéndose un carro equivalente a una yunta.
No se estaban conformes con él y se le despidió contratando a Antonio Mateo. Se conserva el detalle de su condución por 3 años, que cumplen por San Miguel, del 16 de Junio de 1789 al 1792.
1.- Que durante ésta conducción estará obligado a preparar los aradros navarros sin cobrar cosa alguna, poniéndole los dueños la fusta y lo mismo cualquier rompimiento que tengan.
2.- Que los aradros castellanos los compondrá pagándole real y medio fuerte por cada pieza, cuando la ponga Mateo, pero si la lleva el dueño, la pondrá sin que se le pague cosa alguna.
3.- Los horquillos, horcones y rastros, llevándole el material, nada cobre.
4.- Que los carros es de su obligación poner un husillo herrado en 4 pesetas y los blancos en 3 pesetas, un pértigo en 9 pesetas, un limón en 5 pesetas, un contralimón en 4 pesetas, cada costilla un real fuerte, el cabezal delantero 2 reales fuertes, el trasero, entablar la cama poniendo el amo la tabla en 3 reales, por cada pina otros 3, por cada rayo, uno, por dar un tirante otro, por echar un clavazón a las ruedas 4 pesetas, por barrenar y componer cada baranda un real, por poner mocillos y contramocillos y estaquear los carros, no han de pagar cosa alguna, por poner los cabos a las azadas y azadones, llevándolo el dueño, nada debe cobrar, pero si no tuviesen yugada, pagarán por cada uno 6 maravedíes.
5.- Si se ausenta de la villa, o estuviese enfermo, traerá otro maestro a su costa.
6.- Que faltando a cualquiera de las condiciones, tenga de pena 4 reales. (sic)
Además de los trabajos de arreglo de carros, Antonio Mateo, arregló el molino (1784, 1802) y las barreras del Soto y del Corral del monte (1787). Le sucedió como carretero, de la misma familia, Domingo Mateo. Hizo la silla y asientos de la sala del Ayuntamiento para el señor Alcalde, Regidores, individuos de la Veintena y escribano, compuso la puerta de la reja de la cárcel e hizo unos bancos (1816). Lorenzo Mateo, otro de la familia, hizo las puertas del Campo Santo (1807). José Rada, carretero, hace bancas para la escuela (1817).

Blanqueadoras, hilanderas, tejedores y tejedoras

Tras el proceso de arrancar el cáñamo o lino, dejar secar, peinar con peine de hierro, remojar, agramar y volvera peinar para quitar la estopa, se hilaba y finalmente se entregaba a blanquear. Son blanqueadoras la mujer de Fernando Canillas (1782), Baltasara de Galdeano (1826, de Legaria), Nicolás Gil de Alda (1842) y Catalina de Arcaya, mujer de Juan Blas Canillas (1789), entre otros. Este proceso parece que era muy delicado, pues son numerosas las reclamaciones que suscitaba.
El hilado se dejaba para ocupar las largas y frías noches de invierno. Con el incremento de la producción de lino y cáñamo a finales del siglo XVIII se acrecento la industria textil familiar. La gente se juntaba en las casas, por la noche, hoy en casa de uno y mañana en casa de otro. A la reunión acudían mujeres, hombres y en ocasiones niños, siempre que no fuera muy tarde. Generalmente las que hilaban eran las mujeres. El lino, el cáñamo y la lana eran los principales elementos con los que se confeccionaba la ropa tanto para uso personal como para la casa.
Con el lino se confeccionaba desde sábanas hasta paños de cocina. Con la estopa se hacían sábanas, calzones para los hombres, camisones interiores para las mujeres. Con el lino más fino se tejían sábanas finas, toallas, manteles, camisas para hombres, vestidos para las mujeres. Con mezcla de diferentes linos se hacían colchas y alfombras.
Son citados como tejedores foráneos que han hecho tejidos a mendavieses: Benito San Xil, de Lerín (1750), Joseph San Juan, de Lerín (1766), Juan Roldán, de Cárcar (1768), Juaquín Baigorri, de Lodosa (1776), Juaquín Arcinega, de Sesma (1796), Mateo Montón, de Gastiain (1805), Monteagudo, de Estella (1829).
De Mendavia se nombran como tejedores y tejedoras: Juan de Azanza (1726), Miguel Abalos (1727),  José García Parra (1742), María Josepha Martínez y Zenzano (1760), Joseph Martínez (1789), Juaquina Irigoyen (1792), Francisca Alonso, el matrimonio  Gervasio García y  Tomasa Zunzarren, Joseph Canillas (1789), María Sesma (1800). Juan Cruz Martínez (1810-1811), León Zalduendo (1817), Antonio Ocáriz (1819), Juan Blas Canillas y su mujer Catalina Arcaya (1821-1827), Silvestre Canillas (1827), Antonio Zalduendo.
El material que utilizan para tejer es estopa u ovillos de cáñamo, estopa, madeja o estopilla de lino, estopa de aterliz, cabecilla, hilaza, lanas negras y blancas. Generalmente se entrega por peso en libras o por ovillos. El producto resultante es diverso: costales (medido en libras), hilo, sayal, granillo y otras telas (medidos en varas), medias de lana…
Se tienen alguna información del pago por el trabajo realizado de hilar: Miguel Abalos (1727)  cobra a medio real la libra de hiladura. Francisca Alonso pide real y medio por hilar una madeja de lino. Gervasio García y  Tomasa Zunzarren, su mujer, cobran a razón de 17 maravedíes por vara. Mateo Montón pide 20,17 reales por 39 varas de tejedura, a 0,51 la vara, muy similar al precio anterior. Por un trabajo de hilar realizado por Joaquina Irigoyen se sabe que de 5 libras de estopa salieron 6 varas (una vara requiere 0,83 libras de estopa). Si los precios los estimamos similares, las madejas estandar serían de unas 3 libras. Y si el rendimiento fueran también similar, el cobro de medio real por vara de producto equivaldría a 0,6 reales por libra de materia prima. En este asunto del rendimiento suele haber algunos reclamos por inconformidad.
Algunos de los tejedores toman niños aprendices a su cargo, de común acuerdo con los padres. Joseph Canillas tiene a un hijo de Antonio Maestre en 1789. Un caso judicial de 1874 informa del niño Expósito Hermenegildo Palacio, tejedor de 14 años, residente en Mendavia, quien abandonó la casa de Benficencia de Logroño. Acusan a Lucas García de inducirlo a huir.
Los sistema de tejeduría se van perfeccionando con el siglo. En 1819, ya a principios del siglo XIX, Antonio Ocáriz, maestro tejedor, cuenta con un telar complejo que le cuesta tres días trasladarlo de una casa a otra.
La hechura de medias de lana es un proceso diferente. Phelipa Alonso (1800) es llamada a declarar, como maestra especialista, sobre los costos de un par de medias hechas por María Sesma.  Allí regula el trabajo de hilarlas en 4 pesetas; hacerlas, un duro los dos pares; el torcerlas y el aceite 1 peseta (10 pesetas en total).

Cordeleros

La fabricación de cuerdas de cáñamo o lino se hacía al aire libre debido al espacio amplio que requería esta actividad. Generalmente se trataba de lugares específicos situados en las afueras de los centros urbanos. Al cordelero o soguero le ayudaba un aprendiz, casi siempre niño, cuya función fundamental era darle movimiento a la rueda.
El cordelero reunía alrededor de su cintura los manojos de cáñamo de los cuales tomaba una hebra que retorcía, obteniendo el primer hilo, amarrándolo en el gancho de la rueda, que recibía el movimiento de rotación por medio de un torno accionado manualmente por el aprendiz. En 1842 se menciona a Ramón Bueno como soguero de Mendavia.
Un tejido diferente es el de las esteras y capazas. En Sesma son especialistas en ellas: Antonia Montoya (1781), Ramón Ciordia (1792), Ana de Phelipe (1800) y Josefa Sánchez (1829) realizan diversos encargos para mendavieses. Se cobran a real y medio cada dos varas de estera. Se reclama si tienen paja revuelta o el tejido es claro.

Sastres y costureras

Algunos sastres de Mendavia, tanto del siglo XVIII como del siguiente son: Juan de Pablo (1739-1747), Domingo Herce (1764-1765), Domingo Aguirre, vecino de Viana (1767), Félix Martínez (1782),  Luís Ibarra (1797), Tomás de Sádaba (1805), Esteban Ramírez (1808-1815), Manuel Ibáñez (1815), José Ocáriz y Manuel López (1819), Manuel Carrillo (1819-1828), Miguel Martínez (1874). Los sastres tienen sus ayudantes o aprendices. En 1871, Simón López es ayudante del sastre Clemente Ocáriz. Simón López se independiza como sastre en 1874.
Con frecuencia hacen trabajos de costuras y remiendos con la tela o ropas que les entregan: camisas, chaquetas, calzones, polainas… Laortiga (1813) hace un chaleco un soldado en 7 reales fuertes. Josepha Sainz (1780), Feliciana Abalos (1788) y Catalina de Arcaya (1789) son costureras. Francisca Etaio hace un camisa de lino en 10 reales (1764).
Por una demanda de 1815 se sabe que los sastres no siempre entregaban las prendas que habían recibido, de modo que se hacía necesario llamar a declarar a otros entendidos en telas.

¿Victoria del sindicato de sastres o del libre mercado?

Algunos sastres eran contratados por jornal por los pudientes del pueblo. En 1809, los pudientes quieren seguir pagándoles el jornal de hace años, de 1 peseta. Ellos reclaman hasta 5 sueldos fuertes. Luis Ibarra y Manuel Carrillo se rebelan ante los Regidores que les imponen una multa. El Virrey de Navarra y Duque de Mahón da la razón a los sastres, pide que les devuelvan las multas, y a partir de entonces pueden acordar el jornal libremente con el que los llame.

Zapateros

Los varones calzaban borceguíes, abarcas, zapatos, zapatillas y alpargatas con suela de esparto. Las mujeres calzaban zapatos y alpargatas. En las cuadras, algunos usaban almadreñas de madera.
El material de los calzados es variado. Se usan tanto las pieles de animales como las fibras vegetales: calzones de ante, baqueta o piel de castor para zapatos, pellejo de novillo para abarcas, entre otros… Son zapateros de Mendavia Joseph de Torrecilla (1726-1747), Francisco Aróstegui (1733), Joseph Lizuain (Lizanzu) (1747-1749), Gracia de Hugarte (1752) y Ramón de Torrecilla (1766-1782). Hacen calzados para mendavieses Antonio Peralta, de Sesma (1750), Andrés y Cruz Alonso, de Los Arcos (1833) y Antonio Fernández,  de Viana (1842).
El precio de hacer un par de zapatos oscila entre 3 y 4,5 reales. 1,5 reales es el valor un par de abarcas. Ponerle suelas (asolar) a los zapatos cuesta dos reales. El zapatero Torrecilla “alquila” o presta zapatillas para ocasiones especiales. Si se las estropean deben pagar su costo (1,5 reales).

Caldereros


Hay maestros caldereros que reparan cántaros y envasadores de la taberna. Y otros que los venden. Beltrán Dancausa vende un cántaro y envasador a la taberna por 85 reales en 1792. En 1797 los repara un calderero por 6 reales 13 mrs. Francisco Cintora, maestro calderero de Estella cobra 44 reales 23 mrs. por un envasador nuevo de cobre, recibiendo el viejo (1799).

viernes, 1 de julio de 2016

EDUCACIÓN Y SALUD EN MENDAVIA, SIGLO XVIII

LA EDUCACIÓN ESCOLAR EN EL SIGLO XVIII

La primera noticia escrita sobre la escuela en Mendavia data de 1691 (Libro de propios)  y se refiere al pago hecho al maestro de niños Sebastián Martínez de Morentin, al cual el Regimiento le abona 240 reales, advirtiendo que le faltan por recibir ocho ducados que le dará Diego González de Oñate, depositario de la villa. Es probable que sólo fuera escuela para niños varones. A partir de 1696 se le aumenta el salario a 330 reales anuales.
Además del pago del concejo, los maestros reciben algún pago (al principio de siglo XVIII sería 1 robo de trigo y más tarde entre 10 y 15 reales, o su equivalente en trigo) de las familias de cada niño o niña, situación que en ocasiones resulta llevada a Audiencia por falta de cumplimiento.
El maestro Sebastián aún renovó el contrato en 1700. Se conocen como maestros posteriores Francisco Pérez de Soto (1706); Joseph González (1725-33), natural de Tudela y que murió subitamente en Mendavia; Juan Antonio Martínez de Mendibur (1733-1734); Gaspar de Iriarte (1736-1738), que vino de Sesma, por cuya conducción de sus trastos se pagaron 32 reales, y además era agrimensor aprobado por el Real Consejo; Felipe Barrena (1755-1786), hombre de ciencia y experiencia a quien se le establece la condición de que a los niños pobres les de igual educación, sin cobrarles; Joseph Sainz, de Mendavia, que es elegido con polémica (1786); Juan José Sainz Ramírez García Maiza  (1787); Félix Sainz (1793), a quien se aumenta el sueldo a 440 reales anuales; Hermenegildo Campo Perez Aranjuez Cenzano (1795-1800), quien en 1793 fue enviado por el ayuntamiento a Pamplona con víveres para los ejércitos a la frontera, y que años más tarde figura como escribano de guardas (1804).
Casi un siglo después de conocer el primer maestro, se conoce el nombre de la primera maestra de niñas. En el año 1783 se contrata a María del Frago (1783-1784). Mientras que los maestros seguían cobrando alrededor de 330 reales anuales, ella cobraría 220 reales. La siguiente maestra mencionada es Juana Antonia Ibarra, inicialmente soltera, natural de Mendavia (maestra entre 1786 y 1796), contratada en las mismas condiciones. Durante unos años suspenden el nombramiento de maestra argumentando así, en clara expresión del clasismo de los regidores y de su visión patriarcal: “La experiencia ha demostrado ser de poca o ninguna utilidad pública el referido empleo por ser la mayor parte de las niñas hijas de padres pobres, que no las envían a la escuela, por necesitarlas en sus casas especialmente las que tienen niños de pechos y en el tiempo de la recolección de frutos, que las emplean en las labores de llevar comidas y otras en las eras, son muy pocas las que concurren”.  Otra razón era el ahorro, ya que la villa estaba sobrecargada de obligaciones y censos –dicen. No obstante, el 8 de agosto de 1793 nombran de nuevo maestra de niñas a Juana Antonia Ibarra, ahora ya casada, mujer de Joseph Sainz y Remírez.
Un salón escolar, situado en la villa, junto al ayuntamiento, se fue arreglando en distintas ocasiones. Entre los años 1742 y 1745 se realizaron beredas para limpiarlo y se le incorporaron una puerta nueva, dos bancas nuevas y un encerado. Luego se hizo un cuarto por 132 reales en el Portal debajo de la cuesta del Ayuntamiento. Un tablón servía de mesa para escribir. En 1759 se rehizo este cuarto. Se agregó un tabique de adobe forrado con yeso, se colocó ladrillo en el suelo de tierra, se rodeó con dos gradas para asiento de los niños, se abrió una ventana, se colocaron dos mesas. Los vecinos colaboraron con las acostumbradas beredas de trabajo. En 1768, 1779 y 1799 se vuelve a retocar el salón y se reponen las bancas para escribir.

LA SALUD EN MENDAVIA EN EL SIGLO XVIII

Existen infomación sobre la salud en Mendavia, fundamentalmente en lo que se refiere a sus profesionales y algunas enfermedades, propiamente a partir de este siglo. El  primer médico: Luna (1708); el primer boticario: Juaquín de Garro (1736); la farmacia en la Plaza (1737); el primer cirujano: Diego González (1693).
En los archivos municipales aparecen estos personajes  y, otros “profesionales”, bajo dos anotaciones principales. La primera, a causa de que el Ayuntamiento los “conduce”, es decir, los contrata por un tiempo determinado; o bien les paga por un trabajo particular. La segunda, en el caso de sucederse algunas demandas en las que ellos son parte. La información resultante es de mucho interés. Junto a la conducción por el ayuntamiento está el pago que debe hacerles cada vecino por sus servicios. Por lo que el sistema estará orientado a la atención prioritaria de la burguesía rural naciente. Aunque también se consideraba en la condución la atención gratuita a algunas familias pobres.

Médicos, boticarios y cirujanos

Los médicos de la villa son “conducidos”. Se les paga un salario. Los vecinos completan con pagos en trigo de acuerdo a los servicios: visitas, curas, recetas… En los archivos municipales se nombran como médicos al servicio del pueblo: Luna (1708), Domínguez (1711), Isidoro Martínez (1712), Tomás Ruiz de Conejares (1716), Diego López (1722), Alejandro Munárriz (1725-1726), Diego de Baquedano y Antonio (o Bernardo) Ximénez (1727), Diego de Maya (1728), Juan Martínez (1730), Ramón de Ramón (1731-1737), Juan Joseph Echalecu (1736-1764). El mendaviés Basilio Remirez de Acedo obtiene su titulación como médico en 1733. Para ser conducidos, se exigía 12 años de práctica, según se ve en las discusiones de los años 1765-66. Ese año 1766 hubo polémica para escoger al nuevo médico; se pidió opinión a los vecinos entre varios médicos que se presentaron. Finalmente se mencionan a dos médicos contratados: Joaquín Irisarri (1766-1786) y Joseph de Olcoz (1766-1781). En 1781 Olcoz está enfermo. A los enfermos de Mendavia los visitan ocasionalmente Pedro Ansa, médico de Viana, o los practicantes de Lodosa o Cárcar. Irisarri no puede con tanto trabajo. Deciden que Xavier Jubera, practicante de medicina, le ayude. Siguen Francisco de Ibarra, Manuel Pascual y Antonio Asín (1786), Xavier Jubera, Ramón Valentín y Pedro Julián Delgado (1789-1799). A Pedro Delgado le suceden Josef Gorraiz y Juan Lecea (1799-1801).

Nota curiosa: En dos ocasiones es multado el médico Echalecu por llevar su criada 3 cargas de raigones y 2 cargas de leña, sin estar autorizado.

Los médicos, además de los pagos del ayuntamiento, reciben algunos pagos de los pacientes. El contrato de los médicos especificaba que las heridas en riñas o por asta de toro no entraban en su conducción, por lo que los heridos debían pagar sus curaciones. Las heridas a “mano airada” debían ser pagadas por el agresor. Los niños menores de diez años no pagaban la parte en trigo que correspondía a cada habitante. Echalecu, por ejemplo, recibe 500 robos de conducción anual, y 11 almudes por atender a una niña enferma. En 1795 se modifica la conducción incluyendo en la atención a los vecinos de Lazagurría. Los detalles de cada caso se juzgan de acuerdo al contrato particular de conducción.
En 1708 “son muchos los enfermos” y deben acudir varios médicos de Viana, Tudela y Corera. En 1781 se habla de una “enfermedad general que padecieron los vecinos”. Pedro Jarauta  y Pedro Ansa, médicos de Logroño y Viana, y el cirujano Blas Rodríguez de Azuelo, visitaron a los enfermos. Ese año y el siguiente se incrementaron los fallecidos en el pueblo. En 1781 hubo 31 difuntos y en 1782, 33, cuando en años anteriores y posteriores morían entre 13 y 22 personas.
En 1789 el pueblo no tiene médico. Mientras se contrata otro médico atienden ocasionalmente a los enfermos Nicolás Ramón, practicante de medicina, los médicos de  Treviño, Dicastillo y Murieta; y Joaquín Melchor de Irisarri, médico de Viana (y antiguo médico de Mendavia).
Esa era el procedimiento común en caso de ausencia de médico, como se vuelve a ver en 1801 en que se llama temporalmente a Josef García.
Juaquin de Garro fue boticario desde 1736 hasta 1755.  El año 1737 se compuso en una casa de la plaza el cuarto que sirvió de botica. Durante las fiestas de San Juan proporcionaba  las medicinas para los toros. En 1753, a causa de la escasez de cosecha de este año, los vecinos en concejo piden que se pague por mitad las conducciones de médico y boticario. Se consigue aplazar el pago de la otra mitad hasta el año siguiente. Entre las condiciones de la conducción del boticario destacan el derecho de la villa a ocupar el balcón y la sala de la casa del boticario para las corridas de toros. 
En 1755 se asiste al debate para la conducción de un nuevo boticario. Se presentan varios candidatos y la villa decide entre ellos. El concejo también decide por cuántos años se contrata. Se escoge a Juan Bautista de Urra, quien toma posesión de la botica por dos años. Se regulan los detalles de su contrato.  Los más importantes eran estos: recibe 450 robos de trigo por año por parte de los vecinos, según lista. Tendrá la obligación de dar a los vecinos todas las medicinas que necesiten llevando receta del médico, cirujano o albéitar. Tienen pago adicional los casos de mano airada y humor gálico. La villa le cede la casa que tiene en la Plaza Pública para que viva sin pagar renta alguna, con tal de dejar la sala principal desocupada y paso para la villa en las corridas de toros. Ramón Balentín se cuenta como boticario voluntario entre 1783 y 1786 (luego pasará a médico por unos años).
La de cirujano–barbero era una profesión existente desde finales del siglo XIII, cuya labor era de lo más dispar, igual cortaban la barba y el pelo que hacían sangrías, extraían muelas o blanqueaban los dientes con aguafuerte. Progresivamente, para distinguirse de los barberos, el oficio de cirujano fue reservado a ciertas élites sociales. Y se les exigía una titulación obtenida tras exámenes rigurosos. Algunos de los cirujanos contratados en Mendavia fueron: Diego González (1693), Andrés de Azanza (1699-1719), Bernardo de Echauri (1712-1736), Martín Pérez del Notario y Joseph Perales, mancebo cirujano (1733), Juan Joseph de Arellano (1746-1758), Bernardo La Fuente (1746-1764), Joseph Gorostiza (1765-1769), Pedro Chasco (1780), Bernardino de Sádaba (1787-1791) y Saturnino Antonio Llanos (1796-1799).
En 1756 se determina que el cirujano cobre robo y medio de trigo a cada vecino. Tiene que exceptuar de dicho cobro a 20 personas pobres. Es su obligación curar a los niños menores de 12 años de quebraduras, abrir fuente, curar carbunco y sacar muelas. Deberá tener mancebo que le asista a afeitar y sangrar. Las sangrías se hacían abriendo una vena en el brazo, estando éste sumergido en un recipiente con agua caliente. El cirujano no podía cobrar por las curas que hiciese a las personas heridas de cornadas de toros, bueyes o golpes de caballerías. Un robo de trigo por afeitar cobra el cirujano Juan Joseph de Arellano.

Salud pública, bañeras y jeringas

En 1736, en las obras de ampliación de la parroquia de San Juan Bautista, se sacaron a un corral cercano los escombros que incluían restos de las sepulturas. El médico Joseph de Chalecu y el cirujano Juan Joseph de Arellano denuncian que el lugar, en medio de dos calles de la villa, es inadecuado para echar esos escombros. “Está podrido”, “arroja muy mal olor”, “está expuesto a contagiarse el pueblo”, “es tierra totalmente nociva y perjudicial a la salud pública”, “sus vapores se introducen en los humanos cuerpos mediante la inspiración”, “resultan gravísimos daños a la salud pública”, “con el calor del verano han de ser mayores los hedores, vapores y miasmas”. Con tales razones pronto se resuelve sacar la tierra a un barranco, y sobre ella echar otra tierra que la cubra.
Se debe recordar que los primeros trabajos sobre inyección intravenosa en humanos fueron publicados por los médicos alemanes Johann Daniel Major y Johann Sigismund Elsholtz entre 1664 y 1667. Más tarde, a comienzos del siglo XVIII, el médico francés Dominique Anel desarrolló una jeringa de succión para facilitar el drenaje de heridas, abscesos y hematomas. Hasta mediados del siglo XIX, las jeringas no tenían agujas y su uso se limitaba a los orificios naturales del cuerpo o a la perforación previa de la piel del paciente. En el ayuntamiento de Mendavia se guardaba el material sanitario necesario para atender las necesidades de los vecinos: un cubo o bañera y una jeringa: Juan Antonio Goyri, cubero, hizo una bañera (1787). Y a Beltrán Dancausa se le compró una jeringa (1790).

Muertes sorpresivas

Entre las muertes ocurridas y reseñadas en el amplio trabajo etnográfico de Inés Sainz Albero durante este siglo XVIII resaltan los abundantes ahogados, en pozos o a orillas del Ebro, así como los aplastados por ruinas de corrales de pastores o casas viejas. Hay algunas muertes violentas, por puñalada, o arrojados al río Ebro. Otras causas de muertes mencionadas en las fuentes documentales son apoplejía, letargo, muerte súbita y repentina, o el “desenfrenado delirio que le sobrevino”. En los casos de muertes previsibles se administraban los sacramentos: penitencia (o sólo absolución), extremaunción y eucaristía. En las muertes repentinas no es posible hacerlo. Se encargan las misas en sufragio por sus almas. Cuando se trata de pobres o desconocidos, tales misas se hacen de limosna.
Muertos ahogados, arrojados al río, o en la orilla se cuentan, entre otros: un hombre en el vado de San Martín, muerto con violencia y echado al agua (1704), un mozo de Corera ahogado frente al Soto de San Martín (1754), un pastor natural de Álava ahogado (1705), un criado de Francisco Palacios natural de Álava, ahogado (1705), un cadáver de persona no conocida junto al río (1745), Manuel Contreras, natural de San Millán de la Cogulla, ahogado en un pozo del río Mayor (1747), Antonia Arnedo, natural de Bargota, ahogada en un pozo (1751), un ahogado debajo de Peñalva (1755), una hija de Ignacio Zambrana, de Viana, ahogada en el Ebro (1767), Xabiera Labaien, hija de Alexandro Labaien, ahogada en un pozo (1770; curioso caso en que el padre no quiere encargar sufragio por ella), Gregorio López, natural de Busto en la Bureva, ahogado en el Ebro (1774), Antonio Palacios Lerín, viudo, muerto a orillas del Ebro (1778), un hombre de nombre Manuel, de Lugo, ahogado (1795).
Al pasar gran parte de su vida en el campo, algunas personas fallecían trabajando o por fatales indisposiciones cuando estaban solos.  Entre ellos: un pobre viejo muerto junto a la barranca de Biana (1598), un hombre pobre de Castilla, Domingo Royo, muerto en el campo (1663), Bartolomé Sainz, muerto junto al Soto del Rey (1681), un desconocido muerto en el término de Imas (1700),  un pobre pastor natural de Sierra de Yangüas, muerto en el término de Baloria (1709), Juan José Butrago, muerto al caerle un árbol encima (1715), un hombre de Robres (Castilla), muerto en el campo (1753), Xavier Preciado, muerto de repente en el campo (1778), José Sagredo, marido de Ana Chavarría, muerto en el Soto (1782).
Es sorprendente el caso de los pastores que mueren en el campo aplastados por las ruinas de las chozas, mostrando a las claras las condiciones inhumanas en que los tenían los mesteros. Así pasó con Francisco Arbizu, pobre pastor vecino de Los Arcos (1729), Matheo Araya (l729) y Fausto Aramendía, vecino de Mendavia (1732).

Enfermedades de los ganados: viruela y rabia

En frecuentes ocasiones se declaraban epidemias en los ganados, la más común era la viruela y en cuanto el mayoral veía una res enferma, tenía la obligación de avisar rápidamente para que aislasen su ganado y le señalasen hierbas y agua aparte para evitar contagios. Los pueblos vecinos también debían avisar si tenían rebaños con la enfermedad, hasta que remitiera, bajo pena de multa. En 1772 en Baloria y Beraza se encuentran 841 cabezas de ganado con viruela. Y 400 más en la Dehesa. En 1792 hubo otro fuerte contagio de viruela y los regidores salieron a juntas con Los Arcos y Sesma para formar concordias y tratar sobre el ganado enfermo.

Mayor problema tenían cuando se declaraba la rabia, entonces llamaban al saludador conducido en 6 robos de trigo anuales, pagándole los gastos de desplazamiento y comida durante el tiempo que estuviera saludando en la villa. Se menciona como saludadores a Juan López de Rivatejada, de Logroño (1704-1720); Joseph Moreno, de Calahorra (1704); Joseph Ruiz de Esquide, de Oyón (1720);  Ruiz de Esquide (1744);  Cristóbal Ezquerra (1731). En 1764 el Real Consejo dio la orden de no llamar ni pagar al saludador, pero en Mendavia se siguió haciendo pues se resistían a privarse de un servicio que habían tenido desde tiempo inmemorial. Cuando se sometieron a la orden, llamaron a monjes, como Bernardo, en 1787, que cumplieron la función de los saludadores, pero ahora reconocidos por la sociedad del momento.